Se encontraba una mañana la culebra Berta tumbada al sol, sobre una piedra bien calentita, y viendo a los pájaros volar sintió envidia de ellos.
Apareció por allí el ardacho Francho dispuesto a sestear un rato en su piedra favorita, pero cuando llegó, vio a Berta bien repanchigá sobre ella. Francho tras saludarla con la cola, le preguntó:

  • ¡¡Qué!!… ¿Se está bien?
  • A lo que Berta le contestó:

  • La verdad es que he visto piedras más mullidas que está, pero no se está del todo mal.
  • Y continuó diciendo:

  • Juancho, estaba pensando en lo mucho que me gustaría ser aunque fuera el más torpe de los pájaros, poder ir volando a todas partes y dejar de arrastrarme por ahí.
  • Francho le replicó:

  • ¡Será posible…!, es la primera vez que oigo renegar a un animal de su estirpe. Cada uno se encuentra bajo la piel que le toca o le ponen. No querer ser uno mismo es una gran desgracia; si no estás contento contigo, ¿cómo lo vas a estar de los demás? Cada uno es como es.
  • Berta le respondió:

  • Pues yo he llegado a escuchar que hay humanos que quieren ser ardachos.
  • Y Francho entre risas dijo:

  • Hay que ver como están estos humanos… Ninguno de ellos está contento con su condición…
  • Berta le interrumpió:

  • Para ti es muy fácil, tú eres un ardacho, pero ¿Has oído alguna vez algún humano que quiera ser culebra?
  • La verdad es que no.
  • Por eso yo quiero ser una golondrina.
  • Sí… Y luego querrás ser un cernícalo, después un halcón y al final un avión. Deberías saber que a los animales no hay que juzgarlos por su aspecto, y mucho menos por sus facultades, sino por el uso que hacen de ellas. ¿Crees que a los humanos, con toda la inteligencia que se les supone, les va mejor que a nosotros?
  • Berta negando con la cabeza contestó:

  • Claro que no. Están peor que cabras.
  • Y retomando la palabra Francho, sentenció:

  • No hay peor error que perseguir quimeras con desmedido ardor; en el camino podemos perder lo realmente importante.
  • Cuanta razón tienes Francho. Yo quiero ser culebra y nada más.
  • En esos instantes se acercaba por allí el sobrino de Francho, y éste le dijo a Berta:

  • Ya verás como un ardacho es fiel a su estirpe y nunca reniega de su origen de ardacho.
  • Tras saludar a su sobrino, Francho le pregunto:

  • ¡¡Hola Franchete!!…. Mira, estaba diciéndome Berta que quiere ser un ave. ¿A que tú no quieres ser un pájaro?
  • Y su sobrino le contestó con decisión:

  • Claro que no.
  • ¿A que tampoco quieres ser un pez?
  • Por supuesto que no.
  • A que tú lo que quieres ser, por siempre, es un ardacho.
  • Y Franchete contrariado le respondió:

  • No tío, yo no quiero ser un ardacho.
  • Berta quedó estática ante la respuesta y Francho malhumorado le preguntó a su sobrino:

  • ¿No querrás ser un humano?
  • No tío, no quiero ser un águila, ni mucho menos un humano, pero tampoco quiero ser un ardacho.
  • Francho enojado y fuera de sí le vociferó:

  • !Entonces si no quieres ser ni águila, ni un humano, ni un ardacho ¿qué quieres ser?
  • Y Franchete cucándole el ojo a Berta contestó:

  • A mí lo que más me gustaría ser es una ardacha.

(AMR)

Un día en la capital del reino se anunció un gran baile de disfraces, pero la bella Rosana no tenía muchas ganas de fiestas, estaba preocupada, pues corrían rumores de que Rubén, su marido, le era infiel. Cuando llegó la hora del baile Rosana dijo a su esposo que se encontraba indispuesta y que se marchara solo. Él no quería dejarla, pero ella insistió que no podían desatender la invitación, y al menos uno de los dos debía ir a la fiesta. Así fue como el marido de Rosana se engalanó y vistió de arlequín mudo, con una mascara que lo hacía irreconocible.

A mitad de la noche Rosana se disfrazó de hada con un antifaz y  se dirigió al salón donde se celebraba el baile. Quería comprobar si era cierto eso que contaban de su marido. Allí vio al arlequín mudo cómo iba de dama en dama, bailando con todas de una forma algo más que cariñosa. Harta de esta situación, fue derecha a por el arlequín mudo y utilizando sus encantos consiguió llevárselo a un  reservado. Sin decir ni una palabra, para no ser descubierta, comenzó el cortejo que desembocó de forma lujuriosa. Una vez terminado, el arlequín mudo, con gestos, indicó a la dama que iba al salón principal a por unas copas de champán, momento que aprovecho Rosana para desaparecer.

Rosana regresó a su casa y allí esperó a su esposo. Cuando este llegó le preguntó:
– ¿Que tal la fiesta?
Y Rubén con desgana le contestó:
– Un aburrimiento total.
Comenzó a hervirle la sangre a Rosana, pero con frialdad siguió preguntándole:
– ¿No tienes nada que contarme?
Y mientras se desvestía le comento:
– Sí, era tan tedioso el baile que me pasé toda la noche jugando a las cartas con un grupo de amigos.
Con aire inquisidor Rosana le interrogó:
– ¿Seguro que sólo estuviste jugando a las cartas?
A lo cual Rubén le respondió:
– Como te lo digo, pero por lo visto el que se lo pasó de miedo fue ese que tanto asco te da, el  baboso de Manrique…, le dejé mi disfraz de arlequín mudo y regresó pletórico contándonos que era la primera vez que había conseguido hacer el amor con una dama…

La presente es mi pequeña historia y como cualquier historia no sería lo que fue sin sus protagonistas y su escenario.

El escenario es un lugar de La Manchuela y sus protagonistas todos aquellos que pasaron sobre mí, que no han sido pocos, de ahí que anhelen mi longevidad, aunque con envidia me tachen de viejo y comparándome con Matusalén digan:

– “Tienes más años que un bancal

Muchas son las generaciones de personas y animales, que me han cuidado y explotado; de hielos y soles, que me han cuarteado y socarrado; de días y noches que me han alumbrado y acurrucado.

Contaré, sólo por encima, estos últimos quinientos años de existencia, pues los anteriores, aunque son muchos más, transcurrieron con una paz y una tranquilidad casi celestial. Los siglos se sucedían sin apenas mutar el entorno, fue con el hombre cuando la gran mayoría de cambios llegaron; además yo no era ni siquiera un bancal, hasta llegar los humanos no había bancales, tal y como hoy los entendemos, ni siquiera palabras que los definieran.

Comencé siendo un gran encinar donde los animales encontraban cobijo y comida, unos por comer las bellotas que me nacían encima y otros devorando a los comedores de bellotas. Así, durante muchos años, transcurrían las estaciones hasta que por primera vez los hombres me asignaron un amo, sin darse cuenta que son ellos más dependientes de mí que yo siervo suyo, por lo tanto no sé quien es aquí el señor y quien el lacayo.

Como iba diciendo mi primer dueño fue un caballero al que un noble le concedió como favor el dominio de estas tierras, las cuales eran sitio de paso y lugares de caza, careciendo de otros beneficios para el hombre.

En cumplimiento de lo ordenado por el caballero, unos hombres ayudados de bestias, cortaron todos los árboles que me proporcionaban humedad y frescor en verano. Primero serraron sus troncos, huyendo los pájaros y animales que en sus copas y bajo sus pies moraban; seguidamente arrancaron los tocones decuajo, los cuales como muelas extraídas por un mal dentista, me dejaron lleno de socavones y badenes, y de mi perenne color verde pasé al seco marrón; me acotaron, creándome unos lindes donde nunca hubo fronteras.

Luego me labraron con profundos surcos, regándome con no poco sudor de los hombres y bestias que intentaban darme forma; aunque clavaran sus metálicos arados en mí piel más que dolor me producían cosquillas, para mí no era tanto sufrimiento como parecía, eran ellos, humanos y animales, los que padecían en su empeño, destrozándose los riñones al sacar las piedras que aparecían en la superficie, las mas grandes eran partidas con la almaina; recogieron tantas que colocadas todas en un cornero sirvieron para levantar un chozo que protegiera del frío y la lluvia a los campesinos.

Después de esto, no contentos, comenzaron a tirarme excrementos de animales, decían que era por mi bien, que eso era mi alimento, mi abono, pero yo he de reconocer que el olor era nauseabundo y más cuando fermentaba; incluso los jornaleros lo reconocían, pero, claro esta, ellos se marchaban y yo, allí me quedaba.

Para empezar a ser rentable a mi dueño, primero me sembró de cereales, luego legumbres, e incluso azafrán y girasol, hasta que se dio cuenta que igual que él necesitaba su descanso yo me merecía un barbecho.

Me plantaron, justo en el linde, unas oliveras que fue durante mucho tiempo lo único que me proporcionaba un verde perenne, además de servir para delimitar mis proporciones; ya que de forma rastrera el vecino de bancal cada vez que labraba echaba un surco dentro de mi linde, con lo cual su bancal crecía y yo menguaba. Dos surcos, los dos últimos surcos trazados, tuvieron la culpa de que por primera vez se derramara sangre por mí, el resultado fue que mi amo terminó bajo rejas y el vecino bajo tierra.

Nací como un gran bancal, pero mi dueño murió y sus descendientes me dividieron en tantas partes como herederos eran, y de ser un gran bancal pasé a ser varios bancalillos, que a duras penas mantenían a mis nuevos dueños. Este estado de cosas no duró mucho, a los cuarenta años de mi división ocurrió que uno de los herederos, con mucho trabajo, sudor y alguna que otra argucia fue comprando las partes de sus tíos y primos hasta quedarse con todos los bancalillos; rompió los lindes y volví a ser un gran bancal, e incluso crecí, pues mi nuevo amo compró tierras de alrededor y fui ampliado. Pero no duró mucho este estado, ya que con el fallecimiento de mi agrupador pasé a manos de su primogénito y éste al no haber ganado con su esfuerzo lo que ahora le pertenecía, se dedicó a cultivar toda clase de vicios, olvidando que eran sus tierras las que le proporcionaban todo el desahogo económico de que gozaba. Una partida de cartas tuvo la culpa de que pasara a otras manos. Volví a ser dividido y segregado hasta quedar repartido en trozos tan pequeños que más que bancales eran pizcotes, para colmo de males el clima no ayudó, se iban intercalando los pedriscos con la sequía, que llenaban de polvo los caminos y de gasones los bancales.

Alguien del Norte llegó y por cuatro perras fue comprando pizcote tras pizcote y los unió, volviendo a ser un gran bancal, para envidia de lindantes y padecimiento de jornaleros.

De bancal pasé a ser majuelo, plantándome de bobal mi dueño. Durante muchos años proporcioné las uvas que una vez fermentadas son tan apreciadas por los humanos, dándoles color a las mejillas, desatando sonrisas y aliviando, momentáneamente, sus temores. Así fue como todos mis vecinos corrieron la misma suerte, crecieron los majuelos y menguaron los bancales, llenándose de cepas todo el término, lo cual fue un gran alivio para los traspillados bolsillos de los agricultores.

Pero nada es eterno y los majuelos cayeron en desgracia. Las cepas eran demasiado viejas y con el descabello de las subvenciones me arrancaron todas, volviendo otra vez a ser bancal de secano que ahora añoraba ser huerta.

Hubo otros bancales que corrieron suertes bien distintas, algunos se convirtieron en solares, con el correspondiente regocijo de sus propietarios, que veían cómo su valor crecía; otros gracias a profundos pozos que robaban el agua de las entrañas mismas de la Tierra, pasaron de bancales de secano, a regadío. Si antes el agua parecía mandarla Dios del cielo para todos, ahora la extraían, bajo tierra, para beneficio de unos cuantos; mal gastando entre cuatro el agua de todos, creando una ilusión verde que no duraría mucho.

El hombre fue cambiando sus costumbres de explotación, rociándome anualmente con insecticidas, pesticidas, plaguicidas; y si no me gustaba mucho el olor del abono animal, ya no sé que decir del químico. Con el tiempo me echaron tanto abono, cada vez más fuerte y corrosivo, que me era imposible adsorber todo el que me echaban y gran parte de él lo expulsaba por las aguas subterráneas, con la consiguiente protesta de arroyos y ríos.

Fui perdiendo mi capacidad de regeneración natural y de tantos abonos y demás productos químicos me dejaron tan estéril como una huerta de grava, el humus se volvió tierra y la tierra polvo.

Desde mi nacimiento he sido motivo de discordias entre hermanos, de enfrentamiento entre herederos, he despertado la codicia de los compradores y el último sustento de sus vendedores; por mí han pasado dueños y jornaleros, renteros, aparceros, y pese haber dado cientos y cientos de cosechas hoy me tienen olvidado. Sólo los cardos me hacen compañía y sobre mi maltratada epidermis plantaron una carretera, con el correspondiente descontento de mi actual dueño, al haber sido expropiado en parte, por cuatro duros, y el resto convertido en dos linchas con sus correspondientes cunetas. Me llenaron de alquitrán, humos y ruidos que todos los días tengo que soportar. Antes generador de vida y ahora guadaña de conductores. Al partirme la carretera perdí todo el interés para mi amo, dejó de explotarme y sólo se acordaba de mi cuando pagaba la contribución.

Pero todo no iba a ser penar; cambiaron el trazado de la carretera y de soportar sobre mí miles de coches me dejaron sin servicio y nadie me quería ahora labrar. Estuve olvidado algún tiempo hasta que alguien, gracias a la subvención, me repobló de encinas y ahora más joven que nunca me han devuelto mi antigua apariencia, volviendo a ser lo que fui.

Todos mis dueños han desaparecido y yo aquí sigo; murieron creyendo ser mis dueños, sin darse cuenta que son ellos, en realidad, los que me pertenecen, cuando todos han pasado, continuo siendo la envidia de mis vecinos y el orgullo de mis dueños, sin apenas darse cuenta que uno no nació bancal aunque bancal me hicieran.

(AMR)

Me contaban como cierto, no hace mucho, que en un pueblo de La Manchuela había un cura; buena persona y mejor católico, pero no muy amigo de las representaciones. Los habitantes del omitido pueblo tras ver con cierta desesperación lo áridos que se encontraban sus campos y lo secos que estaban sus pozos, suplicaban una y otra vez remedio para sus males. Como el agua venía de arriba, era hacia arriba donde creían que debían dirigir sus plegarias. Así día tras día rogaban al cura que sacara en procesión a los Santos para reparar su maltrecha situación. El cura sabía que el agua no la descargan los Santos, sino las nubes. Pero cuanto más se negaba a sacarlos, más lo criticaban, precisamente sus más devotos feligreses; hasta que un día, en la puerta de su casa, a gritos le exigían hacer una procesión. El cura salió aireado al balcón y con voz firme les dijo:


“¿NO OS DAIS CUENTA QUE SI SACANDO LOS SANTOS CONSEGUIMOS QUE LLUEVA, YA ME HUBIERA ENCARGADO YO DE QUE ESTAS TIERRAS FUERAN HUERTAS Y NO SECARRALES?”

Y así acabo la historia, todos se marcharon a sus casas; pues si La Manchuela es árida y el mar es salado no es por casualidad o antojo divino.
No hubo Santos en la calle y el agua cayó cuando le tocaba caer, ya que las palabras, aunque sean con devoción, no se pueden convertir en lluvia porque así lo deseemos, y pese a creer que todo es posible con fervor, bien sabemos que la dura realidad, por desgracia, es otra.

Seconoce que un día iban patrullando un soldado iraquí con un estadounidense por una calle de la devastada ciudad de Basora.
El estadounidense, con ganas de conversar dijo:

– Como somos BUENOS HERMANOS, vinimos a traeros la democracia.

Siguieron andando y entre las ruinas de una casa, el iraquí encontró una caja llena de monedas de oro. Al verlas el norteamericano comentó al iraquí:

– ¿Que te parece si las repartimos como BUENOS HERMANOS?

A lo cual el iraquí le contestó:

– Como buenos hermanos NO, prefiero que las repartamos al Cincuenta por Ciento.