Este plato debe tomarse con precaución, ya que empacha más que un yunque travesao. Debido a la gran cantidad de proteínas que tiene es ideal para gente que realiza mucho ejercicio físico o químico. Durante mucho tiempo se pensó que este plato lo trajeron, al igual que las tajadillas de tocino, unos musulmanes de la zona central del Sahara, pero según recientes estudios se ha comprobado que esto no es cierto, ya que en esa zona del planeta no existen tordos, aunque si unas serranas abundantísimas por aquellos lares, que a veces se suele utilizar como guarnición y son una delicia para los tuareg, los cuales las recogen los días de lluvia montados en sus camellos al trote, ya que, como bien sabido es, esta variedad de moluscos gasterópodos terrestres alcanzan gran velocidad.

Ingredientes:
Dos tobillos de tordo.
Sal.
Agua.
Aceite de gravilla.
Gasones medianos crujientes.

Preparación:
Se cogen los tobillos de tordo y con el hacha se les quita la piel. Una vez esollaos se filetean a lo ancho. Las lonchas se limpian de cualquier callosidad que pudieran tener; a continuación se cuecen en agua fresca durante quince segundos, ni uno más ni uno menos, ahí está parte del truco para que salgan en su punto… y coma. Después se sofríen en aceite de gravilla, hasta que se doren. Durante este proceso se pondrán a remojo, menos de medía hora, los gasones crujientes para que luego nos sirvan de acompañamiento al plato, teniendo el cuidado de que no se espizquen o se hagan cisco; si quedaran algo sosos se les añadirán dos puñaos de sal. Como se dijo al principio, es un plato de digestión fuerte, no por los gasones, si no por los propios filetes de tordo. Si este fuera el caso y nos provoca una digestión pesada, se podrá aliviar con una infusión de sein de morcilla, sin piñones, y un chorreón generoso de cazalla. Si no desaparece la indigestión se puede probar a tomar un campanazo de coñá, y si aun así no desaparece, por lo menos estaremos más contentos.
Los huesos de los tobillos de tordo se pueden guardar para hacer con ellos un cocido.

Este apetitoso caldo es muy apropiado para gente de cabeza ligera y pocas ganas, así como para deportistas, pensionistas o personas que se encuentran acartonás. Bien sabido es que los escarciles son un gran depurante, que ayudan al hígado a limpiar el cuerpo de toxinas, por lo cual es aconsejable después de unos días de excesos como pueden ser fiestas de guardar o de esconder, patronales, Navidades e incluso Semana Santa; además al no tener carne entre sus ingredientes, es apto para guardar la vigilia, teniendo el cuidao de que si se guarda, acordarse donde se ha metio, no sea la tentación que se acabe la Semana Santa y no encontremos la Virgilia.

Ingredientes:
Media docena de zompos medianicos.
Una docena de escarciles o doce, dependiendo del número de comensales.
Una clara de huevo de ardacho.
Aceite virgen.
Sal.

Preparación:
Se lavan los zompos con abundante agua, a fin de quitarles la tierra que puedan tener, sobretodo si han estao danzando por la Cañá. Se dejan cocer a fuego lento durante mediaa hora en una perola. Si uno tiene prisa lo puede hacer a fuego rápido, pero tiene el inconveniente de que con el hervor, los zompos se pongan a girar sobre su eje y debido a la fuerza centrífuga salgan despedidos de la perola, por lo cual es conveniente ponerle la corbetera a la perola; ya que se ha dao el caso que al asomarse, para ver como va la cocción, ha saltao algún zompo, con tan mala suerte de clavarse en la frente, lo cual es un engorro; pues entre que vas al centro médico, coges número, te mandan a Albacete a urgencias y vuelves, lo más seguro es que la sopa se te haya pegao.

Una vez bien cocios los zompos se deshojan los escarciles y se van echando a la perola; las hojas por un lao y los cogollos por otro, con un chorreón generoso de más o menos media arroba de aceite virgen de almortas, si no encontramos aceite virgen podemos ponerle aceite putón, algo más sobao que el primero, pero que a la postre da el mismo gusto. Se van dando vueltas al bies, para que no se vuelvan a pegar las hojas de los escarciles a los cogollos, y no se nos corte, ya que si se corta el caldo saldrá a gorgotones, adquiriendo una tonalidad rojiza tirando a beis, que a la larga formará grumos; si esto ocurriera se puede decir que los grumos son tropezones y nadie pondrá pegas. Una vez disueltos los cogollos de los escarciles quedaran los zompos flotando en el caldo; momento que se aprovechará para capuzarles la clara de huevo de ardacho que se adherirá a los zompos, formando una especie de rebozao; y ya está listo para su degustación.

En la presentación se puede poner un cordel liado en el zompo, terminado en una moneda de dos reales o bien la goma roja del tapón de las gaseosas. Un truco que sirve para que se enfríe la sopa es estirarle al cordel con fuerza, con ello conseguiremos que el zompo gire dentro del plato y el movimiento irá enfriando la sopa.

Esta ligera sopa es muy indicada para gente convaleciente y de estómagos estropeaos. Al no tener ninguna grasa, ni sal, ni otros condimentos la hace tan liviana que después de tomarse un cangilón de sopa, uno puede irse a comer tranquílamente todo lo que quiera, pues no dirás que emboza las tripas, todo lo contrario, por donde pasa va abriendo hueco. Su fácil preparación la hace indicada para gente muy ocupada que no tiene tiempo de cocinar por pasar mucho rato en el bar.

Ingredientes:
Una liebre.
Agua.

Preparación:
Se coge la liebre y se despelleja, ya que de lo contrario puede llenarse la sopa de mechones, lo cual afea la presentación, pudiendo incluso llenar de pelos la lengua del más descarao. Una vez aviá la liebre, se mete en un pozal con agua del pozo, si no se tiene del pozo se puede poner agua corriente, teniendo la precaución de hacerlo antes de última hora, que es cuando le echan el cloro, ya que sacaría demasiao gusto a piscina. La liebre se deja unos cinco segundos en el pozal, a fin de que no se quede muy aguachá, y seguidamente la libre se esconde. El caldo resultante ya está listo para ser servido.

Podrán comprobar que es una sopa muy digestiva, fina y ligera que no hace bola al masticarla, ni saca hebras. Como habrán adivinado se llama sopa de liebre al escondite, por que, por más que le demos vueltas al caldo y pongamos cara de podenco, no encontraremos ni rastro de la liebre. Tendremos la precaución de guardar la liebre en un lugar ande nadie la pueda encontrar, como por ejemplo detrás de la foto de la comunión, allí nunca mira nadie.

Si queremos disfrutar la sopa y que nos dure más se puede tomar con un tenedor.

Este postre, indicado para saciar a los invitados más tragaldabas, es de fácil preparación, ya que se utilizan únicamente tres ingredientes. Muy indicado para estómagos delicaos y gente alicaída. Por su alto contenido en omega-3 y rolex-7, es aconsejable para aquellas personas que padecen de estreñimiento, ya que irán al baño con una regularidad que te cagas, vamos como un Longines.

Ingredientes:
Un rulo medianico.
 Azúcar moreno o castaño, según el tinte.
Agua, preferentemente de la fuente de La Santa.

Preparación:
Se coge el rulo con cuidado y se corta, a ser posible con la radial, en rulanchas de poco menos de un dedo de grosor. El polvo que sale al ir rulancheándolo se puede guardar, para su presentación, esparciéndolo por encima como si fuera azúcar glasé, lo cual no añadirá dulzor y si colorido al postre.

Las rulanchas se dejaran macerar en almíbar durante un mes, semana arriba semana abajo, en un cuévano hermosico de goma. No se recomiendan los de pleita, pues acaban exudando y perdiendo líquido, pudiendo quedar las rulanchas rustrisecas, siendo su resultado menos ligero y más empalagoso.

Pasado un mes, se hace la cata para ver si están esponjosas, con precaución,  no sea la tentación de que aún estén una miaja duras y se nos esportille una muela. Si no están tiernecicas se dejan otro mes más y transcurrido este tiempo se vuelven a catar. Se repetirá esta acción con regularidad para asegurarse de que no queden muy blandengues, ni pastosas.
El sobrante se puede guardar dentro de una gaveta tapada con una estera de esparto, en un lugar oscuro y húmedo, como por ejemplo un trullo. Debe orearse una miaja de vez en cuando con el fin de que no se queden enorecías, ya que luego puede sacar gusto a rancio, no deseado.