Estamos presenciando, ante nuestras narices, como se desmantela el estado del bienestar, acatando, con resignación, las dentelladas que nos propinan; todo ello con el cómplice sumiso silencio de los que votaron a los que nos gobiernan, cuya cegadora fe y orgullo les impide rectificar su postura, sumado a la supeditación del resto, da alas a los poderosos para seguir elevándose, mientras el resto caemos en picado al fango.

 La clase media poco a poco ira desapareciendo y con ella sus logros sociales. Todos sabemos que es ella la única que contribuye a las arcas del estado; ya que si los pobres, por desgracia, no pueden, y los ricos, con el beneplácito de los políticos, se escaquean, ya me dirán quien paga la cuenta. Estamos consintiendo y constatando cómo la riqueza se acumula en menos manos mientras la miseria se reparte entre los demás.

Somos, más o menos, conscientes de esto, pero seguimos callados y con los brazos cruzados, cuando deberíamos pasar a la acción, ya que puede llegar el caso de que al querer reaccionar sea demasiado tarde y ocurra como con la burbuja inmobiliaria, que todo el mundo sabía que era un tóxico despropósito, pero nadie la paraba y en el momento que se quiso hacer algo (aunque en realidad no se hizo nada) fue demasiado tarde y nos explotó en los morros. Vamos en un tren que está a punto de estrellarse y es preferible pararlo, aún a riesgo de descarrilar, a esperar a ver como caemos por el precipicio que ya vislumbramos. Si descarrila aún podremos  despedir a  los maquinistas, salvar algún vagón que otro, e incluso la vida, pero como caigamos al abismo, solo los que viajan en primera tienen boletos para saltar a tiempo. Cuanto más tardemos en reaccionar el coscorrón será más gordo.

Lo peor de todo no es que nos engañen, lo cual hacen muy bien con la complicidad de sus medios de comunicación, si no que aún encima nos tomen el pelo diciéndonos, por ejemplo, que la reforma laboral es beneficiosa  para los trabajadores; que la amnistía fiscal es lo mejor para recaudar impuestos o que el dinero de los recortes sociales es necesario para socorrer a la pobre banca, brazo ejecutor que tanto se desvela por nuestro bienestar, esclavizándonos con préstamos que sirven para tenernos atemorizados y bien calladitos.
La clase política huele a putrefacción, se le está acabando el discurso y ya ha llegado donde iba, se le ve demasiado el plumero; lejos de gobernar para el pueblo lo hace única y exclusivamente para la élite. Es hora de despedir a los grandes partidos corruptos, que creíamos eran opciones distintas, cuando se ha comprobado que son el anverso y el reverso de la misma moneda.

Empezamos a estar rematadamente hartos de constatar cómo los políticos salen indemnes de sus chanchullos, la justicia archiva los trapos sucios de la monarquía o la banca y los especuladores siguen haciendo caja, mientras los demás pagamos los platos rotos.

Estamos jugando con fuego y nuestra pasividad terminará carbonizándonos a todos. Es hora de alzar la voz y decir las cosas claras, evitando la violencia, pues eso es lo que ellos quieren, tener una escusa para sacar el jarabe de palo y hacernos ver que lo que necesitamos, después de vaciarnos los bolsillos, es que nos linchen. Aunque la sangre esté en ebullición debemos tener la cabeza fría y hoy más que nunca recordar el legado de Gandhi, el cual armado tan solo con unas sandalias, una blanca túnica y la fuerza que  da la sensatez, fue capaz de vencer a todo un imperio británico.

Cada día que pasa es un día menos que nos queda para reaccionar, y nuestra mejor arma es la unión. Ellos sí están bien asociados, sabiendo en cada momento hacia donde caminan, por el contrario nosotros continuamos divididos y sumisos; mientras así sea, continuaran toreándonos a placer, hasta que no les hagamos falta y nos den el estoque final; por lo tanto si no queremos quemarnos es mejor que no dejemos que los pirómanos jueguen  con fuego.

Un comentario en “Jugar con fuego”

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