Una mañana, a la hora de almorzar, se presentó en la barbería un anciano. El maestro barbero había salido a comer, y solo estaba el aprendiz, el cual, con desgana, se dispuso a afeitarlo.

Le mojó la cara con agua fría, y casi sin espuma, lo afeitó de mala manera.

Los clientes no estaban obligados a pagar el servicio mas que al maestro barbero, como mucho recibían una propina.

El anciano metió la mano en un bolsillo y le dio diez reales. El aprendiz no podía creer lo que veía, ya que un servicio costaba cinco reales. Se quedó contando las monedas y ni se despidió del anciano.

A la semana siguiente apareció el anciano en la barbería, otra vez a la misma hora El aprendiz al verlo saltó para recibirlo con una sonrisa, le dio los buenos días, le limpió la silla, le preparó agua caliente para ablandar la barba; incluso le puso paños de vapor. Le aplicó espuma en abundancia, y afilando la navaja en cada pasada, lo afeitó dejándole la cara tan suave como el culito de un guachete. Al terminar le masajeó la cara con una loción. Le arregló el pelo, lo perfumó y hasta le recortó los pelos de la nariz y las orejas.

El anciano estaba contento, pero más lo estaba el aprendiz, pensando en su propina. El anciano sacó una moneda de dos reales y se la dio al aprendiz; el cual no entendía nada, y preguntó al anciano:

– ¿Como me dio la semana pasada diez reales por mal afeitarle y hoy que me he esmerado, todo lo que he podido, sólo me ha dado dos reales?

El anciano le contestó:

– No te confundas.

La semana pasada te pague el servicio que me has dispensado hoy,

y hoy te he pagado lo que me hiciste la semana pasada.

(Cuento de la tradición Sufí, versión libre a La Manchuela)

Deja tu comentario

E-