Me contaban como cierto, no hace mucho, que en un pueblo de La Manchuela había un cura; buena persona y mejor católico, pero no muy amigo de las representaciones. Los habitantes del omitido pueblo tras ver con cierta desesperación lo áridos que se encontraban sus campos y lo secos que estaban sus pozos, suplicaban una y otra vez remedio para sus males. Como el agua venía de arriba, era hacia arriba donde creían que debían dirigir sus plegarias. Así día tras día rogaban al cura que sacara en procesión a los Santos para reparar su maltrecha situación. El cura sabía que el agua no la descargan los Santos, sino las nubes. Pero cuanto más se negaba a sacarlos, más lo criticaban, precisamente sus más devotos feligreses; hasta que un día, en la puerta de su casa, a gritos le exigían hacer una procesión. El cura salió aireado al balcón y con voz firme les dijo:


“¿NO OS DAIS CUENTA QUE SI SACANDO LOS SANTOS CONSEGUIMOS QUE LLUEVA, YA ME HUBIERA ENCARGADO YO DE QUE ESTAS TIERRAS FUERAN HUERTAS Y NO SECARRALES?”

Y así acabo la historia, todos se marcharon a sus casas; pues si La Manchuela es árida y el mar es salado no es por casualidad o antojo divino.
No hubo Santos en la calle y el agua cayó cuando le tocaba caer, ya que las palabras, aunque sean con devoción, no se pueden convertir en lluvia porque así lo deseemos, y pese a creer que todo es posible con fervor, bien sabemos que la dura realidad, por desgracia, es otra.

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